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Yo los llamo bichos. Con algo de cariño, desde luego, pero es que no
encuentro un mejor término para describir esa especie humana que empieza a
los 14 años de edad y parecería que no fuera a terminar nunca.
Y digo especie humana un poco a la fuerza. Porque de especie tienen mucho,
pero de humana muy escasamente.
Como especie, se visten igual -camisa por fuera, preferiblemente arrugada,
vaqueros lo más recientemente envejecidos, preferiblemente de marca
conocida, lo mismo que las bambas, que pesan en la canasta familiar como
una auténtica fortuna. Y anteojos negros que junto con un teléfono movil
siempre en uso constituyen accesorios infaltables en el atuendo de un
adolescente-. No se lavan el pelo. Se ríen igual, como sorbiendo y fuman
igual en una época en la que todas las alarmas acerca de las terribles
consecuencias de este vicio les entran por un oído y les salen por el
otro.
Y digo que tienen muy poco de humanos porque mientras un ser humano normal
se levanta en la mañana y se duerme por la noche esta especie, la de los
adolescentes, tiene totalmente trastocado el día. No hay ninguno que se
levante ante de la 1 de la tarde ni que se acueste antes de las 4.
Y cuando uno corre con la
suerte de cruzárselo recién levantado es posible que cariñosamente le
gruña que quiere algo de beber. Si espera saber cómo estuvo la fiesta
mejor resígnese: nunca lo sabrá. Un adolescente típico no les habla a los
padres, y si lo hace, es con puros monosílabos.
Si un adolescente pone cara de "Auschwitz o Treblinca" es porque se le
pidió muy comedidamente que le hiciera una visita corta a los abuelos.
Es común, muy común, que aparezcan pedazos de pizza vieja debajo de sus
camas, y que por consiguiente sus cuartos despidan un olor sospechosamente
parecido al pabellón de expoalimentos.
¿Cómo se reconocen unos típicos padres de adolescente típico?
Primero porque se la pasan discutiendo si son peores las niñas que los
niños.
Pero sobre todo porque tiemblan ante la sola mención de palacios de la
rumba que implican una larga noche de insomnio mirando un movil que no
timbrará. Porque eso sí: un movil de adolescente tiene la rara virtud de
descargarse después de la 4 de la madrugada o de que quede fuera de
cobertura.
Pero cuando finalmente se abrir de la puerta y el bicho hace su entrada
-no siempre triunfal, porque eso depende del factor etílico- sólo se puede
dar gracias a Dios por los favores recibidos y poner por fin la cabeza en
la almohada.
Un adolescente que se respete no pide el coche prestado, como nosotros en
nuestra épocas. Lo pide propio. Y lo estrella con frecuencia, antes de
producir la llamada telefónica que lo dejará a uno temblando: no le pasó
nada, pero todavía falta la cuenta.
Un adolescente típico es tozudo como una mula, y por eso es aconsejable
contratarle una sicóloga, para que por un dineral la cesión le diga lo que
ya uno le dijo siete veces.
Salir con los padres es algo totalmente impensable. Y menos, por favor, si
es a cine, donde el peligro de encontrarse con un amigo que sea testigo de
la vergüenza de la que no logrará recuperarse nunca.
La ortografía pasó hace años de moda y además alarga innecesariamente un
e-mail. El periódico es muy útil a la hora de buscar los horarios en los
cines.
La adolescencia de hoy empieza
donde ahora terminamos casi todos los adultos: donde el siquiatra. Pero ni
con ayudas como estas logran resolver su dilema más complicado: ¿qué van a
estudiar? Un día puede ser biología nuclear. Pero al siguiente será
sociología.
A los padres de los adolescentes actuales nos tocó hacer generación
emapredado. Cuando los adolescentes éramos nosotros todavía se usaba que
regañaran los padres. Ahora se usa que regañen los adolescentes y
cualquier protesta por esta conducta puede terminar en una tutela o en una
denuncia ante alguna ONG que vela por los derechos de los jóvenes.
Pero eso sí: uno adora a su adolescente.
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