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Gibraltar y el caso de los catalanes
LA VANGUARDIA - 03.05 horas -
26/05/2002


COLECCIÓN GARCÍA PLANAS
Grabado militar francés
sobre el asedio de Barcelona (1714) por las tropas
francesas. En primer término, la torre de Sant Joan
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Pujol
reivindica la soberanía compartida para Cataluña si
España revisa el tratado de Utrecht para
Gibraltar
La historia del abandono de Cataluña
por parte de las potencias europeas en el tratado de
Utrecht (1713) |
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JOSEP MARIA SÒRIA Barcelona
El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, propuso la pasada semana
en Perelada que "si España reclama la recuperación de Gibraltar, Cataluña
reclama la recuperación de la cosoberanía o soberanía compartida" que se
daba antes de 1714, ya que la pérdida de Gibraltar y de la soberanía
catalana son de alguna manera resultado del tratado de Utrecht de 1713:
"Si se dice que hay que revisar lo de Gibraltar, nosotros también podemos
pedir que se revise más a fondo lo de Cataluña".
El tratado de
Utrecht puso fin a la beligerancia entre las potencias europeas
enfrentadas por la guerra de Sucesión en España (1702-1714). En el año
1700, el rey Carlos II había muerto sin descendencia. Su testamento fue
forzado por Francia a favor de Felipe de Anjou (futuro Felipe V), nieto de
Luis XIV. Este hecho provocó el rechazo por parte de varias potencias
europeas (Inglaterra, el imperio austriaco, Holanda, Portugal y algunos
estados alemanes) que, reunidas en torno a la gran alianza de La Haya, se
pronunciaron a favor del archiduque Carlos de Austria como descendiente
del trono de Castilla y Aragón. La razón principal fue el temor europeo al
fortalecimiento del eje franco-español en manos de los Borbones.
Aunque Felipe de Anjou juró las Constituciones en Barcelona
(1702), poco a poco fue extendiéndose en el Principado una corriente de
simpatía hacia el pretendiente austriaco. Primero, porque el modelo
borbónico era básicamente absolutista y centralista, mientras que el de
los Austrias era de "soberanía compartida y compuesta", tal como se había
venido ejerciendo en la Corona de Aragón desde la baja edad media. De
hecho, eran dos modelos políticos y territoriales opuestos. Mientras el
borbónico era absolutista y unitarista, el austracista era
constitucionalista de corte "federal". Otra razón era que Cataluña había
vivido en el último tercio del XVII un periodo de dinamización en la
producción agraria y en la actividad comercial de la burguesía. Esta
revitalización económica estaba en competencia con los franceses y se
temía que la familia borbónica desequilibrara el statu quo.
En
1705, una comisión de ciudadanos catalanes pactó en Génova el alineamiento
de Cataluña con la gran alianza a cambio de que Inglaterra se
comprometiera a proveer de armas y soldados al Principado y a hacer
cumplir al archiduque las leyes y constituciones catalanas, extendiendo
esta garantía incluso en el caso de que los Borbones ganaran la guerra. En
1706, el archiduque Carlos entraba triunfalmente en Barcelona y las Cortes
catalanas le reconocían como rey. Felipe V consideró el hecho como una
traición.
La guerra tuvo diversos avatares para uno y otro bando.
Pero en 1711 moría el padre del archiduque, el emperador Leopoldo I, y
aquél accedía al trono del imperio austriaco, lo que significó un giro
inesperado en la estrategia de equilibrios europea. Los aliados temieron
que se rehiciera el antiguo imperio de Carlos I, e Inglaterra y Holanda
cesaron el envío de tropas a Cataluña. Además, la llegada al poder de los
"tories", partidarios de una paz económicamente ventajosa, como lo era la
oferta de Felipe V de cederles el derecho de establecimientos de negros en
América, hizo el resto.
En 1713 se firma el tratado de Utrecht por
el que Inglaterra impone sus tesis en el equilibrio europeo, frenando el
expansionismo francés y conservando Menorca y Gibraltar, pero abandonando
a su suerte a sus aliados del Principado, lo que dio pie a una polémica
que se conoció en Europa como el caso de los catalanes. El archiduque, que
rechazó la posibilidad de que Cataluña acudiera a Utrecht como "nación
interesada", propuso que se le concedieran los cuatro reinos de la corona
catalano-aragonesa o, incluso, establecer una república catalana bajo
protección inglesa. Pero el primer ministro británico, Bolingbroke, lo
rechazó y se limitó a pedir una amnistía general, con restitución de
bienes y honores. El artículo 13 del tratado hace constar el interés
inglés a favor de los privilegios catalanes, mientras que Felipe V promete
dar a los catalanes la misma consideración que a los castellanos, en una
ambigua redacción. Una vez ocupada Barcelona (1714) y terminada la guerra,
las instituciones catalanas (Corts, Generalitat, Consells Municipals y la
Coronela) fueron abolidas con el decreto de Nueva Planta. Los bienes de
nobles y militares fueron confiscados, los eclesiásticos fueron privados
de sus cargos, las fortalezas derribadas, las universidades cerradas, la
lengua prohibida, etcétera.
La polémica sobre el caso de los
catalanes duró años en Europa. Una comisión creada en Londres propuso la
condena del primer ministro Bolingbroke por incumplir los acuerdos con los
catalanes, "lo que embrutece el buen nombre de Inglaterra". Durante buena
parte del siglo XVIII y aún en el XIX, algunos historiadores recuerdan la
mala conciencia inglesa y en tratados británicos de la época se pone a
Cataluña como ejemplo de "pactismo muy desarrollado y parlamentarismo muy
enraizado y avanzado". El desaparecido Ernest Lluch recordaba poco antes
de su asesinato, al historiador británico Henry Kamen, que Inglaterra
"tiene todavía una deuda pendiente con Cataluña". |