Conocen cuál es el mejor procedimiento para que 40.000 niños o
más no continúen muriendo de hambre diariamente? La respuesta de la
organización VHEMT (Movimiento por la Extinción Voluntaria de la
Humanidad) es ésta: dejar de tener niños. A su lado se encuentran
otras varias organizaciones con el mismo fin que no se tienen a sí
mismas por mortíferas, sino por muy humanitarias. 'La extinción
voluntaria de la humanidad', señalan los miembros de VHEMT, 'es la
alternativa más humana para resolver los problemas de la humanidad'.
¿Una consecuencia, por tanto, que denota un pésimo concepto de los
seres humanos? Tampoco. La extinción de la humanidad podría carecer
de importancia a la luz de que ha desaparecido el 99,9% de las
especies -dicen- desde la creación del mundo. ¿Qué importaría una
ínfima parte más? ¿Incluso la que más partido ha sacado ya a la
Tierra?
La concepción de este movimiento al que puede agregarse
cualquiera, incluso habiendo sido padre alguna vez, se repite en
varias agrupaciones más que están poblando Internet a través de los
nombres de Zero Population Growth (Crecimiento Cero de Población),
ahora reconvertida en Population Connection con los mismos fines y
una batería de sociedades que llevan el título de Childless by
Choice (Sin Niños por Decisión Propia).
Éxito de ventas
Un libro, entre muchos, aparecido hace un año llegó a ser un
éxito de ventas en Estados Unidos con la exposición de una posible
sociedad avanzando hacia la no reproducción total. En España no es
noticia la baja natalidad, pero aquí se trata de no ser padres en
absoluto y a cosa hecha, no como consecuencia de estar en paro,
carecer de vivienda o permanecer solteros. La creciente decisión de
no tener hijos registrada en Francia, en Noruega, en Irlanda, en el
Reino Unido, en Estados Unidos o en Australia proviene
principalmente de la decisión de la mujer. Un hombre, en general,
antes y ahora, afirman los sondeos, tiende a sentirse triunfador
completo si además de haber alcanzado un estatus profesional se ve
casado y convertido en padre. Pero con las mujeres está sucediendo
un fenómeno nuevo. La dificultad para prosperar notablemente en la
profesión y ser a la vez buena madre se encuentra al alcance de muy
pocas, y especialmente entre las que han cumplido 40 años prima la
primera opción cada vez más. Cifras de la Oficina del Censo
norteamericana han mostrado que el porcentaje de mujeres entre 40 y
44 años sin hijos ha ascendido hasta el 20% en 2000, cuando era del
10% hace 20 años.
La base del cambio radica en la ruptura del vínculo tradicional
entre femineidad y maternidad. Las mujeres sin hijos han sufrido una
estimación social menor producida en parte por la piedad y en parte
por el recelo. Sin que las cosas hayan registrado un vuelco
completo, han aparecido, sin embargo, razones para evitar la
maternidad. Un factor es el recurso a medios anticonceptivos que
pueden retrasar o eliminar definitivamente la concepción, pero otros
más son las dificultades económicas susceptibles de provocar, en la
apreciación de la pareja, problemas de infelicidad. Finalmente, la
menor presión social ha permitido no tener hijos a quienes se han
sentido indiferentes respecto a los bebés.
Grupos
antinatalistas
En consecuencia, el número de parejas sin hijos sobrepasa ya
a las parejas con ellos hasta en un 5%. Y la deriva apoya los
manifiestos de los grupos antinatalistas, seguros de que 'cada vez
que uno de nosotros decide no agregar un habitante más al
superpoblado y ya muy afligido planeta, otro rayo de esperanza
brilla sobre el oscuro futuro de la Tierra'. Así, Madlyn Cain, en su
libro The chidless revolution (La revolución de no tener niños), calcula que para el año 2010 el número de parejas sin
niños supondrá un 44% más que 15 años antes, y aun no continuando
con la misma tasa, empezará a ser más que normal renunciar a la
descendencia. Efectivamente, continúa en vigor el deseo de
prolongarse simbólicamente en el linaje y todo lo demás que el amor
paterno-filial comporta, pero los voluntarios del VHEMT, que dicen
amar a los bebés como cualquier persona tierna, están persuadidos de
que el bienestar social actuará en su favor. A fin de cuentas, tener
hijos no forma parte de los instintos. 'Nuestro impulso biológico',
afirman, 'nos conduce a hacer el amor, pero no a engendrar.
Nuestro instinto procreativo es equivalente al instinto de
una ardilla de plantar árboles: su necesidad es almacenar comida,
los árboles son una consecuencia. Deseos inducidos por el
condicionamiento cultural pueden ser tan fuertes como para parecer
biológicos, pero no existe algún mecanismo evolucionario para
el instinto de procrear'.
Más descreídos que ellas, más egoístas, menos sentimentales, el
hijo no tenido viene a ser como una carga eludida, un bulto sin
demasiado significado que podría haber entorpecido los asuntos más
centrales de sus vidas. Un representante inglés de productos
farmacéuticos, de 32 años, declaraba: 'Nuestra relación la hemos
planteado entre dos personas adultas. No veo qué papel vendría a
desempeñar aquí un niño. Me imagino que sería un
desastre'.