ROBERT JACQUES TURGOT (1727-1781)

URL: http://www.geocities.com/alcaide_econoh/turgot.htm

    junto a Quesnay, el fisiócrata mejor recordado hoy día es Anne Robert Jacques Turgot que tras ocupar altos puestos gubernamentales en Francia fue, entre 1774 y 1776, uno de los últimos ministros del ancien régime. Turgot, no obstante, quería conservar su independencia intelectual de la "secta" o escuela de los fisiócratas o écónomistes, como eran llamados y, aunque íntimamente unido al grupo, pretendía, sin embargo, no ser miembro de él. Otro importante fisiócrata, no tan vigilante de su independencia como Turgot, fue Pierre Samuel Du Pont de Nemours (1789-1817). Las fuentes del pensamiento fisiocrático se encuentran diseminadas por un gran número de escritos de Quesnay y de sus seguidores, algunos en forma de libros y otros en artículos periódicos. No se dispuso de una traducción inglesa de una selección de las obras de Quesnay hasta 1962, mientras que las Reflexiones sobre la formación y distribución de las riquezas de Turgot, publicado por primera vez en 1770, fueron traducidas al inglés poco después de su aparición y de nuevo, y en forma muy mejorada, en 1898.

 Turgot fue uno de los pioneros en el desarrollo de la teoría del capital y, como lo hizo en  sus Reflexiones, la influencia de su pensamiento sobre este tema tuvo un mayor alcance. Quesnay había subrayado ya la necesidad de unos avances, constituidos por un capital determinado y circulante, que debía estar disponible antes de empezar el proceso productivo. Sobre esta base, Turgot construyó una teoría del capital, que las generaciones posteriores de economistas a duras penas pudieron mejorar. Los ahorros, es decir, el exceso de los ingresos sobre el consumo, son suministrados por los terratenientes cuando la satisfacción de sus necesidades no requiere la totalidad de sus ingresos. La posibilidad de las otras clases para ahorrar no es estrictamente compatible con el criterio de los fisiócratas acerca del carácter de dichas clases, ya que, en teoría, sus miembros ganan sólo lo necesario para subsistir. Sin embargo, como la competencia no es lo suficientemente fuerte como para hacer bajar todos los ingresos hasta el nivel exacto de subsistencia y como las personas difieren unas de otras en su actitud respecto a la frugalidad, los hombres prudentes podrán acumular en general un pequeño tesoro y algunos podrán incluso convertirse en capitalistas, es decir, en personas que pueden ser ricas sin poseer  tierra y sin trabajar y que viven de los ingresos que les proporciona su dinero o, si lo prestan, del interés.

    Los ahorros son richesses mobiliaires, es decir, « stocks » de bienes o de dinero. La demanda de éstas viene de que todo tipo de actividad económica requiere unos avances de los que podrá disponerse si previamente se han acumulado dichas richesses mobiliaires. Los trabajadores deben ser mantenidos antes de que el producto esté listo para la venta; las granjas y los talleres requieren edificios, equipos y materias primas. En cuanto a la relación entre el ahorro y la inversión, Turgot habla del «tímido avaro» que «guarda su dinero en un montón», pero cuando se refiere a lo que aparentemente es ahorro, o sea, dinero retenido para el negocio, dice que éste se convierte «inmediatamente» en capital real, es decir, se invierte. Por lo tanto, dichos ahorros, aunque se hagan normalmente en forma de dinero, no constituyen una pérdida para la corriente monetaria, puesto que vuelven inmediatamente a la circulación. Este criterio de Turgot que fue repetido por Adam Smith en la Riqueza de las naciones presidió el pensamiento económico durante largo tiempo. Aunque recibió ataques en algunas ocasiones durante el siglo XIX, mantuvo su posición central en la corriente principal del pensamiento económico tradicional; se consideraron como herejes a los que pretendieron enfrentarse a este pensamiento. Hasta la tercera década del siglo XX y gracias al ascendiente del pensamiento de Keynes, no dejó paso la antigua ortodoxia a una nueva teoría, que enseñaba exactamente lo contrario de lo que había dicho hasta entonces la doctrina dominante.

Turgot distingue cinco formas diferentes de emplear el capital: la compra de tierras, la inversión para la agricultura, la industria o el comercio y los préstamos a interés; cada uno de ellos proporciona unas ganancias distintas. Las ganancias están relacionadas unas con otras de forma que son iguales a la ventaja total del inversionista. Las inversiones en tierra son las que dan menos beneficios, debido a su seguridad y facilidad. La ganancia obtenida de los fondos prestados será algo más alta, debido a que incluye una remuneración por el riesgo corrido. Debido a esto y también por el cuidado y la atención que se requieren por parte del inversionista, el capital invertido en la agricultura, la industria o el comercio deberá proporcionar unas ganancias todavía mayores.

    Las ganancias obtenidas en las diferentes formas de emplear el capital ejercen una influencia recíproca unas sobre otras y hay entre ellas una especie de equilibrio, como el existente entre dos líquidos de distinta densidad y que ocupan las dos ramas de un sifón invertido y comunicado por la parte inferior; no se encontrarán al mismo nivel, pero no será posible elevar la altura de una de las ramas sin que se eleve al mismo tiempo el nivel de la otra». En forma similar, si aumentan los beneficios obtenidos en un tipo de inversión, variarán en el mismo sentido los beneficios obtenidos en los otros. El beneficio creciente de uno atrae hacia él parte de los fondos invertidos en los otros, elevándose también los beneficios de estos últimos.

    El interés se paga como un coste de oportunidad, debido a que, si el prestamista hubiese utilizado sus fondos para la compra de tierras, hubría obtenido unas determinadas ganancias, oportunidad ésta a la que renuncia en el momento en que presta su dinero; como vemos, esto es una vuelta atrás a la justificación que hizo Calvino del interés. Turgot lo refuerza con otra consideración basada en el derecho de propiedad, tan querido por los fisiócratas: el prestamista es el propietario de sus fondos; puede hacer con ellos lo que desee y nadie tiene derecho a pretender su uso a cambio de nada.

Con Turgot surge el criterio que atribuye al interés una función estratégica en la economía. Es el «termómetro mediante el cual puede juzgarse sobre la abundancia o la escasez de capital». El capital sólo puede emplearse en aquellas inversiones que den tanto o más que el tipo de interés. Este último puede ser considerado como una especie de «nivel, por debajo del cual todo trabajo, toda agricultura, toda industria o todo comercio terminan. Turgot compara el tipo de interés con un océano que se extiende sobre una vasta área:

    Las cimas de las montañas se elevan por encima de las aguas y forman islas fértiles y cultivadas. Si en un momento determinado desciende el nivel de dicho mar, irán apareciendo primero las laderas de las colinas y después las llanuras y los valles y se irán cubriendo con todo tipo de productos. Será suficiente que el agua suba o baje un solo pie, para que inunde inmensos territorios o para que los deje abiertos a la agricultura.

    La palabra equilibrio, que utiliza Turgot en su teoría del capital, atrajo igualmente a otros fisiócratas. Ellos señalan, por ejemplo, que el tableau «ha perdido su equilibrio» cuando los ingresos no se reproducen debidamente, a causa de una política adversa o hablan también del «necesario equilibrio» de todos los precios. En el contexto en el que usa Turgot dicha palabra, se subraya que procede de las ciencias físicas. que tales préstamos procedentes de la física eran algo más que una ocasional figura de pensamiento y que Turgot tomara las analogías mecánicas completamente en serio, puede demostrarse mediante un pasaje de su Eulogy on Gournay, donde habla de «las leyes únicas y sencillas, basadas en la naturaleza misma y como consecuencia de las cuales todos los valores que existen en el comercio se mantienen en equilibrio ajustados a determinados valores, de la misma forma que los cuerpos abandonados a su propio peso se ordenan por sí solos según su peso específico». De la misma manera, la idea de la corriente circular de Quesnay, tal como se representa en el sistema de equilibrio general del Tableau, tiene su analogía en la ciencia física. Quesnay era médico y había participado en las vivas discusiones sobre el proceso circular, que había interesado siempre a los médicos desde que Harvey descubrió la circulación de la sangre a principios del siglo XVII. En realidad, Quesnay ha sido descrito como un hombre obsesionado por el misterio del círculo, cuya cuadratura intentó hasta el final de su vida. Mucho antes, el círculo había impresionado ya a los filósofos griegos y a los astrónomos medievales por ser la forma perfecta, que no tiene ni principio ni fin. Los movimientos circulares que, según ellos, impulsaban a los cuerpos celestes del cosmos resultaban ahora ser también los que animaban tanto al cuerpo humano como a la sociedad.

LA INFLUENCIA DE LOS FISIÓCRATAS

    La estrecha relación de los fisiócratas con la corte francesa y su adhesión incondicional a la causa de la monarquía absoluta impresionó profundamente en el extranjero y especialmente a los «déspotas ilustrados» de la época. Hubo un tiempo en que todo el mundo contemplaba a la civilización francesa como a algo superior y en que todo lo francés era considerado como un modelo digno de admiración y emulación. En los demás países, se tuvo mucho interés por las doctrinas de los fisiócratas, pero el pronunciado individualismo del pensamiento de éstos no resultaba nada adecuado para las «subdesarrolladas» regiones del centro y del este de Europa.

La influencia de los fisiócratas fue  efímera. Las reformas emprendidas a requerimiento de los mismos tuvieron que ser canceladas porque la abolición de las restricciones al comercio de grano coincidieron con serios fracasos en las cosechas. Sin embargo, la razón principal de la decadencia de la escuela fue el carácter anacrónico de su programa, que estaba lleno de incongruencias. Los fisiócratas querían mantener algo -el antiguo régimen- que parecía que no podía ser; para conseguirlo, desarrollaron un programa con un cierto número de características claramente medievales, mezcladas con otras sorprendentemente modernas. Análogamente al pensamiento económico medieval, sus ideas fueron en esencia preceptivas y exigían una adhesión al orden natural. De la misma manera que en los tiempos medievales el poder económico era dominado por las fuerzas de la religión, ahora debía estar contenido por la obediencia al orden natural. La tierra, que había sido la principal frente de riqueza durante la Edad Media, debía recobrar su posición. Como los señores feudales de antaño, la clase de los terratenientes podría ahora disfrutar de una posición preponderante en la sociedad y, como compensación, los miembros de dicha clase estarían sujetos, no a unas obligaciones feudales sino al mantenimiento del estado. Al timón del navío del estado habría un soberano absoluto. Aquí termina, sin embargo, la analogía con el orden medieval. A diferencia de los labriegos medievales, la clase campesina estaría ahora libre de todo aquel tipo de deberes feudales o dependencias personales -servicios, entregas en especie, etc.- que eran la característica esencial de la sociedad medieval. En su lugar, habría de transformarse en una clase próspera de actuación eficaz y a gran escala, que debería producir para abastecer a un mercado, libre de toda regulación. Quesnay tenía una escasa perspectiva histórica y su racionalismo le impedía darse cuenta del carácter tan incongruente que dicha clase tendría en un mundo que en otros aspectos había de ser esencialmente medieval.

    Al mismo tiempo que se declaraban partidarios del laissez faire, los fisiócratas seguían impertérritos en su fe en las virtudes de la monarquía absoluta, como la mejor forma de gobierno. Y aquello por lo que más se les recuerda -por el énfasis que dieron a la agricultura- resultaba ya anticuado en una época que veía ya el amanecer de la revolución industrial. Su oposición a las exportaciones de productos manufacturados, iba en contra de la tendencia de la economía francesa, que había realizado dicho tipo de exportaciones en mayor cantidad que las agrícolas, desde mediados del siglo XVIII. Cuando se hizo un intento tardío en Inglaterra de rehabilitar la idea central de los fisiócratas, fue rechazado inmediatamente. William Spencer (1788-1830), escribió en 1807 un pequeño tratado, titulado Inglaterra, independiente del comercio cuya tesis puede verse amplificada en su subtítulo: Pruebas deducidas de una investigación de las verdaderas causas de la riqueza de las naciones; de que nuestras riquezas, prosperidad y poder, proceden de fuentes inherentes a nosotros mismos y no se verían afectados aunque nuestro comercio fuera aniquilado. Al año siguiente, entre James Mill, con su Comercio defendido, y Robert Torrens, con Los economistas refutados, enterraron al fantasma fisiocrático.

Hit Counter

 

 

 

 

 

 
1