JEAN BAPTISTE SAY (1767-1832)

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    Say, fue el primer profesor encargado de enseñar la nueva ciencia en tres instituciones francesas. Hijo de una familia protestante de comerciantes de tejidos que tras la revocación del Edicto de Nantes tuvo que buscar refugio en Suiza. Say fue negociante, publicista y hombre de letras; su variada formación se había enriquecido mediante sus viajes por Inglaterra y por una carrera que le llevó desde la banca, los seguros de vida y el trabajo periodístico y editorial hasta ser uno de los primeros empresarios de la recientemente mecanizada industria francesa de los hilados de algodón. En 1788, cuando contaba veintiún años, leyó La Riqueza de las naciones, pero tienen que pasar todavía quince años para que, en 1803, publicara su Tratado de econornía política, una obra en dos volúmenes que le hizo el principal apostol de Adam Smith en Europa y en Norteamérica. Cuando se publicó este libro,  Say desempeñaba cargo importante en el gobierno, durante el consulado, cargo que perdió más tarde debido a sus ideas liberales y a su independencia mental. Cuando Napoleón fue emperador en 1804, las autoridades desautorizaron la publicación de una segunda edición del libro de Say y tuvo que abandonar  París por un período dc varios años y empezar una nueva carrera como fabricante. Tras su regreso a París, se publicó por fin una segunda edición de la obra en 1814 que fue seguida, aún en vida del autor, por otras tres ediciones, así como también por sendas traducciones al inglés, italiano y español. A medida que se extendía la enseñanza académica de la economía política, el trabajo de Say se utilizaba como libro de texto tanto en Europa como en los Estados Unidos. Una traducción inglesa que se publicó en 1821 con el título de Treatise on Political Economy y que volvió a reimprimirse en numerosas ediciones, se estudió en muchas instituciones de enseñanza superior en Harvard, por ejemplo, a partir de 1850, lo más tarde, y en Dartmouth desde 1870. Tanto Jefferson como Madison garantizaron a Say que sería bien recibido en los Estados Unidos, caso de que deseara buscar refugio en dicho país. Jefferson tenía una gran opinión de Say y deseaba ofrecerle la cátedra de economía política de la recientemente fundada Universidad de Virginia. Consideraba que su libro era «mas corto, más claro y más sólido» que La riqueza de las naciones.

     El modelo ideado por Say,  llegaría a convertirse en una tradición duradera: la división de la economía política en producción, distribución y consumo, a los que posteriormente se añadió la circulación o cambio.

    En cuanto a la esencia del pensamiento de Say, refleja dos hechos: que  había nacido casi medio siglo después que Smith y que era un hombre cuya obra estaba influida por su íntimo conocimiento del mundo de los negocios, incluyendo la parte de la producción. Smith tabla conocido a James Watt, el gran inventor escocés, cuyo taller estaba al amparo de la Universidad de Glasgow. Joseph Black y James Hutton, padres de la química y de la geología modernas, fueron amigos íntimos de Smith y sus albaceas literarios. Sin embargo, el estar demasiado próximo a estos hombres y a sus trabajos impidió a Smith contemplar con plena perspectiva los cambios que habían de traer consigo sus realizaciones. Say, por el contrario, al ser mucho más joven, fue también mucho más consciente de los importantes avances científicos y tecnológicos de la época.

    Say se dio cuenta de que vivía en una nueva era. Todo el saber, decía, tiene un origen reciente. El estímulo directo ejercido por la ciencia sobre la industria es indispensable para el progreso industrial; por otra parte, la ciencia promueve una perspectiva racional del mundo que impulsa también a la industria. En los últimos cien años, afirmaba Say, los avances científicos y el progreso tecnológico han hecho aumentar enormemente la productividad, es decir, han hecho que con el mismo gasto se pueda obtener una producción mayor, o que sea posible obtener la misma producción con un gasto menor. Como Say estaba más impresionado que los fisiócratas por el progreso tecnológico, la distribución de los frutos de este progreso era para él un problema de la mayor importancia. Say creía firmemente que la solución a este problema estaba en los bajos precios. Sus aseveraciones de que «un país es más rico y opulento cuanto más bajos son sus precios», está de acuerdo con el pensamiento de Smith, pero en agudo contraste con el lema fisiocrático de los altos precios. Como hipótesis para demostrar su punto de vista, Say habla de la contínua reducción de los costes, que hará que llegue un momento en que los costes de producción bajen hasta cero. Cuando esto ocurra, todos los bienes llegarán a ser gratis como el aire y el agua y el problema económico quedará, desde entonces, resuelto. «La economía política dejará de ser una ciencia; no tendremos necesidad de aprender la forma de adquirir riqueza,  pues la tendremos siempre dispuesta y al alcance de nuestras manos. Hasta el momento, este estado de cosas no se ha logrado en ninguna parte, pero las reducciones de los costes, en muchas de las ramas de la actividad productiva, han sido ya impresionantes. Lo que para Say era solamente una hipótesis se convirtió más tarde en una predicción, bien que suavizada, en el ensayo de Keynes Las posibilidades económicus de nueestros nietos. Escrito desde las profundidades de la Gran Depresión, este ensayo sostiene la optimista opinón de que, en ausencia de ciertos obstáculos, el problema económico de la producción podría resolverse en menos de cien años.

    Posteriormente, cuando ya las sociedades occidcntales se habian hecho más ricas La sociedad opulenta de Galbraith anunciaba que el problema económico de la escasez se resolvería en nuestro tiempo.

    Say no está de acuerdo con Smith en atribuir sólo al trabajo la capacidad de producir valor. Para Say, lo que produce valor es la laboriosidad humana, junto con la naturaleza y el capital. Say, introduce, de esta manera, la triple división de los factores de producción,  trabajo, tierra y capital, división que había de ser la pauta en la literatura económica del siglo XIX. La idea de Say sobre el valor destaca la importancia de la utilidad, aunque sin llegar a desarrollar una teoría plenamente madura, basada en este elemento subjetivo. La producción, afirma, no es la creación de materia -sólo la naturaleza puede crear materia- sino de utilidad. El valor mide la utilidad de una cosa y el precio mide el valor de la misma. La utilidad la crean, no sólo los que producen bienes tangibles sino también los que rinden servicios , por ejemplo, el comercio o el transporte. Estos pensamientos hacen que Say sea un precursor de la teoría subjetiva del valor, aunque precursor más bien de pensamiento que de la teoría propiamente dicha, pues de ésta hubo ya pioneros en el pensamiento económico francés.

    La experiencia personal de Say con la aparición del capitalismo industrial de su época le hace redescubrir la figura del empresario, del que ya Cantillon había hablado, y que es presentado ahora de nuevo como:

el maestro-fabricante en la industria, el campesino en la agricultura, el comerciante en el comercio y en las tres ramas en general, como la persona que toma sobre sí la responsabilidad inmediata, el riesgo y la dirección de una empresa de trabajo, bien sea con capital propio o prestado.

    El empresario utiliza con frecuencia algún capital de su propiedad pero su retribución como empresario debe estar conceptualmente separada de su retribución como capitalista. El empresario pone en movimiento todo tipo de trabajo, aunque no todas las clases de trabajo requieren las mismas grandes dotes empresariales. Lo que cuenta a la hora de pagar sus altas remuneraciones a los empresarios es la escasez del talento empresarial y el riesgo corrido por el empresario, riesgo no solamente de pérdida de fortuna sino también de pérdida de fama.

El empresario debe calcular con aproximación tolerable la cuantía del producto específico, el importe probable de la demanda y los medios de producción: unas veces deberá emplear un gran número de brazos, otras tendrá que comprar o encargar las materias primas, buscar trabajadores, encontrar consumidores y prestar, en todo momento, una gran atención al orden y a la economía; resumiendo, debe dominar el arte de la superintendencia y el de la administración. Debe tener una rápida destreza para el cálculo, que le permita comparar los gastos de producción con el probable valor del producto una vez terminado y puesto en el mercado, En el curso de todas estas complejas operaciones hay una gran cantidad de obstáculos que remontar, de ansiedades que reprimir, de contratiernpos que subsanar y de expedientes que proyectar. Los que no posean una mezcla de todas estas cualidades necesarias fracasarán en sus empeños; sus empresas pronto se derrumbarán y su frabajo se retirará rápidamente del capital en circulación, dejando sólo a aquel que esté dirigido con éxito, es decir, con habilidad. La capacidad y el talento requeridos limitan, de esta manera, el número de competidores.

    Say es conocido como el autor que desarrolló la ley de los mercados, ley que recibió su nombre y que, hasta nuestros días, ha tenido un puesto prominente en la discusión de la teoría económica. En la edición americana del trabajo de Say, su ley se establece bajo la versión de que «la misma producción es la que abre la demanda para los productos» o bien de que «un producto terminado ofrece, desde ese mismo instante, un mercado a otros productos por todo su valor». Basándose en esta proposición se ha interpretado el pensamiento de Say en el sentido de que negaba la posibilidad de una superproducción general. Según Say, si hay superproducción de una determinada mercancía, ello se deberá, bien a una producción mal dirigida o bien a una disminución en la producción de otras mercanclas con las que comprar aquella mercancía de la que hay superproducción.

    Los pensamientos de Say fueron mantenidos por Ricardo y sus seguidores, pero recibieron el ataque de Malthus, Sismondi y otros. En las diversas ediciones de su libro Say tomó nota de estos ataques e intentó afianzar su posición insertando nuevo material y volviendo a formular el antiguo; este procedimiento no reforzó, sin embargo, la claridad de su presentación. Hasta nuestros días, el significado de la ley de Say ha seguido siendo objeto de controversia, El interés por dicha controversia se ha visto aumentado debido a la importancia que dio Keynes a la ley de Say, utilizándola como blanco en sus ataques contra los clásicos y debido también a Patinkin, que la consideró con relación a su crítica de la lógica de las economías clásica y neoclásica. Es difícil, sin embargo, conseguir unas conclusiones razonables y definitivas en estos asuntos, y no sólo porque el pensamiento de Say no esté libre de oscuridad, sino también porque se interpreta a la luz de conceptos modernos y de instrumentos analíticos con los que Say, naturalmente, no estaba en absoluto familiarizado.

    Los que utilizan la ley de Say como blanco para sus ataques a la economía clásica, la interpretan normalmente como una identidad tautológica en el sentido de que la demanda total de mercancías es idéntica, es decir, es siempre igual a la oferta de las mismas. Las implicaciones y ramificaciones de esta identidad se contemplan entonces a la luz del argumento de trueque, de los saldos en efectivo invariables, de la igualdad del ahorro y la Inversión, de la ausencia de la ilusión monetaria, de la indeterminación del sistema económico y del efecto del saldo real. Para analizar con detalle todas estas materias necesitaríamos examinar la teoría monetaria moderna,  sólo podemos dar aquí un breve resumen.

    El argumento del trueque o intercambio da luz al hecho de que la identidad de Say sólo es coherente sin reservas en un sistema económico en que el trueque prevalezca. En dicho sistema, las mercancías se cambian realmente por mercancías y toda «venta» de un artículo lleva consigo la «compra» de otro.  Esta economía de trueque podría emplear el dinero como unidad de cálculo, pero no como una acumulación de valor.

    El argumento de la constancia de los saldos en efectivo señala que, en una economía monetaria, que emplea el dinero tanto como forma de cálculo como para almacenar valor, la identidad sólo podría considerarse cierta en el caso de que los hombres no desearan variar sus saldos en efectivo, es decir, si compraran mercanclas sólo con lo procedente de la venta de otras mercancías -y no de lo procedente de sus saldos en efectivo- y si utilizaran lo procedente de dichas ventas sólo para comprar otras mercancías y no para aumentar sus saldos en efectivo.

    La relación ahorro-inversión no constituirá ningún problema en este tipo de economía, puesto que los hombres sólo desean almacenar el valor de sus saldos en efectivo invariables. El resto de la oferta monetaria sirve sólo como medio de cambio. Nadie deseará «atesorar» ninguna parte de ella y los ahorros sc transformarán inmediatamente en inversiones. En otra versión distinta se dice que la oferta crea su propia demanda, porquee el coste de producción global es gastado para el producto global.

    Puesto que en esta economía el dinero y las mercancías no están en una relación de sustitución, los precios relativos de las mercancías no resultarán afectados, en ninguna forma, por las variaciones de la cantidad de dinero. Si la cantidad de dinero varía, los precios de todas las mercancías variarán en la misma proporción. Es decir, si la cantidad de dinero se dobla, lo mismo les ocurrirá a los precios de todas las mercancías. Esta empasibilidad de las cosas particulares frente a los cambios del nivel de los precios es conocida con el nombre de ausencia de "ilusión monetaria". El dinero se considera como un simple «velo» que oculta la acción de las fuerzas reales de la economía En otra version, se dice que el dinero es «neutro>, en el sentido de que no afecta a los precios relativos de las mercancías, siendo éstos los mismos que bajo unas condiciones de trueque. En otra versión diferente, se dice que hay una dicotomía o divorcio entre la teoría de los precios relativos y las teorías del dinero y del nivel de precios. Esta división en compartimientos de las respectivas teorías es un supuesto rasgo característico de la economia clásica y neoclásica cuyas consecuencias van en detrimento de su validez. En otra nueva versión, los precios relativos de las mercancías se forman bajo unas condiciones que se caracterizan por el "postulado de la homogeneidad", es decir, que las funciones demanda de mercancías son, matemáticamente hablando y puesto que sólo dependen de sus precios relativos, «homogéneas y de grado cero respecto a los precios monetarios». Esto significa, una vez mas, que los precios de las mercancías varían en la misma proporción en que varíe la cantidad de dinero,

    El argumento de la indeterminación pone de relieve que una economía monetaria en la que se mantenga la identidad de Say, dejará de tener sus precios determinados por las fuerzas del mercado que actúan dentro del sistema económico. Prescindiendo de la cantidad de dinero, el mercado monetario está siempre en equilibrio, como lo están los precios relativos de las mercancías, independientemente de lo altos o bajos que sean éstos en términos monetarios. En el lenguaje matemático del sistema de equilibrio general waIrasiano, el sistema de ecuaciones no puede resolverse y es, por tanto, indeterminado porque el número de incógnitas -los precios- excede en una unidad al número de ecuaciones, ya que una ecuación no es tal, sino más bien una identidad: la demanda de saldos en efectivo sobre sus cantidades invariables es exactamente igual o cero.

    El argumento procedente del efecto del saldo real, señala la posibilidad de evitar la iadeterminación y las contradicciones resultantes de la misma .La indeterminación puede evitarse si se introduce una verdadera ecuación que nos dé informácion sobre la demanda de saldos en efectivo, bien en forma de la ecuación de cambio MV =PQ, o bien si se sustituye V por su inverso k, en la forma de la ecuación de Cambridge M = kPQ. Las pruebas empíricas demuestran que la demanda de saldos en efectivo no es invariable. Refleja, por el contrario, los cambios en el nivel de los precios, que se hanrán sentir en el. llamado efecto del saldo real. Según el efecto del saldo real, la gente, frente a las variaciones del nivel de los precios, querrán mantener el valor real de sus saldos en efectivo, aumentando éstos si los precios suben y reduciéndolos si los precios bajan. Al comportarse de esta manera, violan tanto el postulado de la homogeneidad, como la identidad de Say con él relacionada,  los cambios en el nivel de los precios inducirán a los hombres a sustituir efectivo por mercancías o mercancías por efectivo, con consecuencias sobre los precios relativos de las mercancías. Así pues, si se admite el efecto del saldo real, no puede ya mantenerse la ley de Say en su forma de identidad.

    Los que se inclinan a interpretar la ley de Say como una identidad en el sentido aquí discutido pueden realmente encontrar apoyo para su punto de vista en cierto número de pasajes de Say y de otros autores clásicos. Para Say, el dinero es neutro o como un velo el valor de! dinero no representa ningún papel ni en la variación real ni incluso en la relativa, de los precios de las otras mercancías. Un producto es siempre, en última instancia, comprado con otro, incluso cuando se pague, en un principio, con dinero». No hay demanda de dinero como medio de acumular. valor «El dinero, incluso cuando se emplea como capital, no se desea nunca como objeto de consumo, sino simplemente como objeto de trueque; toda compra es una oferta de dinero a cambio y un fomento para su circulación. La única parte que se retira de la circulación es la que se atesora o esconde, pero esto se hace siempre con vistas a su reaparición».

    Incluso aquí, sin embargo, admite Say el deseo de los hombres de aumentar sus saldos en efectivo en algunas ocasiones; en otro contexto, tras establecer que "el ahorro no quita absolutamente nada al consumo" pone limitaciones a su afirmación añadiendo que «con tal que la cosa ahorrada vuelva a ser invertida o sea devuelta a su uso productivo». En otro lugar discute las adversas circunstancias que llevará consigo la introducción de maquinaria, con el resultante «estado de inactividad» de los fondos de los capitalistas y de zozobra entre los trabajadores sin empleo, situación que él propone aliviar mediante la construcción de obras de utilidad pública a expensas del público». A la luz de estas afirmaciones, es dudoso que Say quisiera decir, en su ley, que la demanda total de mercancías es idéntica, es decir, es siempre igual a su oferta. Pero si esto es dudoso, un principio general de interpretación exigirá que se le conceda el beneficio de la duda y que su pensamiento, si ello es posible, sea acreditado mediante un significado menos absurdo que el implicado por la identidad. Para obtener una interpretación que cumpla esta condición basta con transformar su supuesta identidad en una igualdad que sea cierta en equilibrio o que sea indicativa de una tendencia. La ley de Say vendría entonces a decir que, en equilibrio, la demanda total de mercáncias es igual a su oferta total, situación ésta hacia la que tienden a aproximarse las fuerzas que actúan sobre la economía.

    La dificultad de esta interpretación está, sin embargo, en que Say nos proporciona escasa información de cómo puede actuar el mecanismo que nos lleve a dicha posición de equilibrio. En realidad, lo único que nos da es una insinuación sobre las variaciones del tipo de interés como factor de equilibrio. En una carta dirigida a Malthus habla de los ahorros excesivos y menciona que éstos llevan con ellos mismos su remedio. «Cuando los capitales sean demasiado abundantes, los intereses que los capitalistas obtendrán de ellos, serán demasiado bajos como para compensar las privaciones que se han impuesto a sí mismos para poder ahorrar.»

    Los que rechazan la interpretación de la ley de Say como una igualdad en el sentido que acabamos de indicar, lo hacen poniendo de relieve el incompleto tratamiento que hace Say del mecanismo de ajuste. Lo que queda entonces de la ley de Say, es una afirmación sobre la interpendencia entre la oferta total y la demanda total. La demanda de un producto de una persona determinada tiene su origen en las ofertas de otros cualesquiera, ya que estas ofertas, transformadas en dinero, son las que dan lugar a la demanda. Si todos los hombres restringieran su oferta, el resultado sería una restricción general de la demanda.  En este sentido, la ley de Say encaja en el modelo general de su argumento a favor de la libertad económica y en contra de las restricciones a la producción impuestas por la política pública o por los monopolios privados. Say luchaba contra lo que más tarde Veblen  llamaría  "sabotaje capitalista", es decir, la restricción de la producción, característica del monopolista. En este sentido, la ley de Say presta apoyo también a su argumento en favor del libre comercio. Si una producción interior sin trabas es la mejor garantía de un mercado para el suministro de todos, otro tanto ocurrirá con la producción extranjera. Los obstáculos a la exportación de un país desaparecerán si éste admite importaciones de los países con los que mantiene relaciones comerciales y éstos no tienen que restringir sus propias producciones. «La importación de mercancías inglesas en Brasil -afirma Say-, dejaría de ser excesiva y sería rápidamente absorbida, si Brasil tuviera, por su parte, una producción lo suficientemente amplia para corresponder; para llegar a esto sería necesario que los cuerpos legislativos de ambos países permitieran, uno la libre producción y el otro la libre importación. Say no admite que puedan ser necesarias otras cosas, además de la libre producción, para estimular el crecimiento económico de los países subdesarrollados, pero su idea de que las mercancías-importaciones -deben ser pagados con mercancías-exportaciones- se convirtió en una parte importante de la doctrina del libre comercio del siglo XIX, idea que muy pocos pueden poner en duda en ausencia de un amplio intercambio de servicios o de importantes movimientos de capital.

    Si se interpreta como un reconocimiento de la interdependecia general de la oferta y la demanda, la ley de Say no sólo está en conflicto con la ley de Keynes "los ingresos de una persona son los gastos de otra" sino que ambas leyes son realmente una misma cosa. No la interpretaron, sin embargo, en este sentido suave y restringido, los economistas de principios del siglo XIX, que se alarmaron por lo que consideraban una falta de adecuación de la demanda global, y que se opusieron a la idea de Say acerca dc la imposibilidad de superproducción general. Estos escritores -Malthus, Lauderdale y Sismondí- transformaron en forma sustancial el pensamiento de Adam Smith en la búsqueda de teorías para la paralización y la crisis. A medida que fue pasando el tiempo, no fue tampoco su criterio el que prevaleció durante el siglo XIX, sino el opuesto de Ricardo y sus seguidores. En esta controversia, la ley de Say permaneció en el centro de la discusión. Malthus negó su validez mientras Ricardo la sostuvo.

    La ley de los mercados de Say, tal como fue establecida por su autor, era vaga e invitaba a una serie de interpretacione. Pero, sin embargo, la misma vaguedad de Say estimuló el pensamiento posterior y contribuyó a hacer de su ley la parte más viva de la economía clásica, debido precisamente a que fue la más discutida. Si hubiera establecido su pensamiento en forma inequívoca y exacta, habría habido poco que comentar sobre el mismo.

BIBLIOGRAFÍA.

Henry W. Spiegel. El desarrollo del pensamiento económico.

 
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